Cronicas Giovanni

El reencuentro de Bianca

La repentina aparición de los Sires le produjo una súbita ola de sensaciones encontradas. Por un lado la tenebrosa presencia de los conspiradores la inquietaba, pero volver a ver a su hermana reconfortó a Bianca, al saber que estaba lejos de Hardestadt y su despiadado ejército de condenados. La seductora figura de su sire, por otra parte, le suscitaba otra serie de sentimientos. No pudo contener el impulso de correr hacia ella cuando se materializó ante sus ojos, y sus labios se mezclaron tan apasionadamente que le recordó la noche de su despedida.

Apenas habían pasado unos días, pero las palabras que le había dicho antes de separarse le habían estado resonando en la cabeza cada noche desde que comenzara su no-vida “sobrevive, y búscame”. El beso que había venido después no dejó lugar a la duda de que sus sentimientos eran sinceros, y Lady Amisa también la deseaba. Y al fin había vuelto a su lado.

Tenía tantas cosas que decirle, y tantas preguntas que formularle, que apenas pudo controlar sus nervios durante el interrogatorio que sucedió tras el reencuentro. Habló atropelladamente, tratando de contar la verdad a quemarropa para demostrar su inocencia. Poco a poco empezó a tener la sensación de que todo el mundo pretendía utilizar su condición de recién llegados al mundo de la estirpe para utilizarles, y agradeció la prudencia de no haber hablado de la visita a los Tremere de Ceoris.

Giovanni parecía suspicaz, y se notaba que era un hombre acostumbrado a las manipulaciones y el engaño. Bianca pensó que la paranoia debía haber empezado a instalarse en su mente. Naturalmente tenía motivos para preocuparse, y cuando se confirmaron sus sospechas de lo mucho que sabía Hardestadt no se había quedado indiferente, probablemente preguntándose si alguien les había traicionado. Pero no llego a preguntar si habíamos oído mencionar de algún traidor en sus filas, la fragilidad de la conspiración debía ser palpable, pensó ella.

Debían de tener miedo, pero a la vez mostraban una fe inquebrantable en sus motivos, pues estaban dispuestos a convertirse voluntariamente en renegados de los suyos, anatema.
Bianca creía que Giovanni estaba seguro de que la jugada le iba a salir a cuenta. Sin duda debía tener algún protector o al menos una salida para escapar de la justicia, y se preguntó si los otros 12 judas también tendrían planes para eludir las consecuencias de su crimen capital. Quería preguntarle a su Sire cual era su secreto, y cuál era el precio de los Setitas en aquello, porque se daba cuenta de que los neonatos bien podrían no sobrevivir a las consecuencias de tamaño plan.

El parlamento fue muy tenso, especialmente cuando el enorme Ugrin empezó a retar a un Giovanni que ya estaba de un humor terrible. Ella pensaba que el gigante estaba sedado por sus poderes de seducción vampíricos, pero se dio cuenta de que no parecían funcionar todo el tiempo, y que las reacciones de los afectados eran imprevisibles. Trató de distraerlo y atraer su atención pero fue en vano.

El muy temerario no cedía ante las intimidaciones ni los golpes, y solo detuvo su mordaz lengua cuando su propio sire, avergonzado, se lo llevó de la presencia del iracundo Giovanni de forma apresurada. Volvía a demostrar la increíble capacidad que tenía para ponerlos a todos en peligro, pensó Bianca recordando las anteriores actuaciones del enorme joven.

A duras penas lograron calmar a Giovanni, y cerrar las heridas que había abierto en su diatriba.
Al final, no les quedo más remedio que aceptar sus términos, pero en el fondo salió de aquel encuentro sabiendo que estaban siendo utilizados, y tendría que salir a flote ella sola de aquella situación.

Al acabar la reunión por fin llegó el momento que tanto había esperado. Al rato se reunió con su creadora en su habitación, y conversaron durante horas. La neonata estaba llena de preguntas sobre su condición, el clan de Set, y la política de los vampiros. Había aterrizado en medio de una guerra y quería conocer el campo de batalla para no morir en su bautismo de fuego. También le confesó su historial con Sforza, y todo lo que Lady Jadviga le había ordenado que hiciera cuando había acudido a solas a su encuentro.

Lady Amisa le contestaba, pero sus respuestas eran insuficientes a menudo, y siempre inspiraban una batería de nuevas preguntas. El reencuentro no ofreció unas respuestas tan satisfactorias como había esperado, pero al menos había despejado algunas dudas, y estaba deseando probar los placeres que prometía el cuerpo de su maestra. Tendrían tiempo en el futuro para hablar más pausadamente, y ya apenas les quedaba tiempo para deleitarse en los placeres de la carne antes de que amaneciera.

Cuando el astro se ocultó finalmente, Bianca despertó y se dio cuenta de que era un nuevo comienzo. Lo primero era ir a recoger sus pertenencias y a su fiel criada Magdalena. Su sire ya le había dado una variedad de ideas útiles, pero algunos retorcidos usos de su nueva condición se le iban ocurriendo a ella a medida que tejía sus planes.

Cuando llegaron a la posada donde todo había comenzado se alegró de encontrar a su sirvienta, pero más grata fue la sorpresa de saber que Paul había sobrevivido. Preparó una mezcla de vino con su sangre y comenzó sus planes para atar a esos sirvientes a su voluntad para siempre. Sabía que iba a necesitar ayuda, siendo una mujer sola, y especialmente ahora que no podía ocuparse de ningún asunto diurno. Le vendrían bien una sirvienta, y un fiel soldado que la protegiera.

No fue difícil hacer que Paul se bebiera el “vino” que le ofrecía su benefactora, y Magdalena parecía tan abrumada por la presencia de su señora que tampoco dudó en obedecer. No debieron de notar nada extraño, porque no tuvieron reparos a repetir su toma al atardecer siguiente. Bianca estaba satisfecha, Paul ya había probado su sangre en tres noches diferentes, y estaba completamente entregado a ella. Por su parte, la criada estaba a tan solo una toma de cerrar el círculo. El plan le gustó tanto que compró una bota con buen vino al posadero, y preparó su particular mistura para futuros encuentros. En el repertorio de armas de una dama, la astucia era la más peligrosa de todas.

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isgaard

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